Matías
(work in progress)
Génesis
Lorena estaba destinada a ser por los años de los años la más linda de toda la escuela, la dicha de Matías había sido mucho mayor, entre otras cosas figuraba en su destino inmediato convertirse en el mejor amigo del infame autor de estas palabras.
El clásico
El ritual se repetía todos los domingos. Temprano nos llamábamos por teléfono y coordinábamos la división de los equipos, quién iría en el auto del abuelo, quien con los padres. Llegábamos a la chacra y salíamos corriendo de los vehículos, pelota bajo el brazo directo a la cancha. De un lado Pancho y Rodrigo, del otro Matías y yo.
El abuelo Carlos se había encargado de promover la competencia, no así la rivalidad, aunque estas cuestiones no siempre sean indisociables. Había dado nombre a los cuadros: El Cerrito y El Rincón.
Creo que para los protagonistas nunca importó demasiado quien formaba parte de cual, por encima de todo esto estaba Peñarol y Nacional, o solo Peñarol.
Cuenta la historia que en más de un centenar de encuentros solo hubo un ganador. A veces me gusta pensar que uno de esos domingos regresé al hogar con la satisfacción de haber conseguido una victoria, al menos un empate; pero la verdad es que probablemente sea una excusa para sentirme mejor.
La entrega era total, recuerdo jugar hasta que me temblaran las piernas, partidos interminables con resultados que se iban abultando con el tiempo, frustración tras frustración.
Alguna vez tenemos que haber ganado, nadie se somete a tamaña humillación durante un tiempo tan prolongado.
Hay cosas que no se olvidan
Pero a pesar de todo éramos hermanos, y la sangre prevalece.
Cuando Rodrigo escapa por la banda izquierda rozando las primeras ramas de la pared de cipréses, le salgo al cruce y en una maniobra de intimidación perfecta, como si fuera un monstruo emergiendo de la oscuridad robo la pelota sin hacer el más mínimo esfuerzo. Ahora soy yo el corre bajo los cipréses mientras el menor de los Caccia me persigue. Miro hacia el arco vacío, estoy a punto de disparar el gol del descuento. En ese preciso instante un pie golpea mis pies, trastabilleo y me incorporo lo más rápido que puedo. A mis espaldas Rodrigo cae y lanza un grito de dolor, pide la falta. El partido se detiene.
Si buen nunca estuvo en juego realmente, por un momento la racionalidad queda totalmente de lado.
¿Cómo es posible que yo, que venía adelante haya podido cometer la falta? Desaforado intento que alguien me haga entender cuál es el razonamiento que puede llevar a tan ridícula conclusión. Lo miro a Matías esperando que él me dé la razón, Rodrigo permanece tirado en el piso, Matías adhiere a la absurda teoría, Pancho: argentino. Solo en el mundo me retiro del campo de juego comprendiendo que más allá de la rivalidad seguimos siendo hermanos, con todas las tonterías y las cosas grandiosas que ello implica.