Los autos 
(primera parte)


Las chá

Ser el primer nieto de dos familias tiene sus cosas. Debo admitirlo, mientras duró mi reinado fui un niño consentido. Cuentan que podía pasar todo el día saltando, que por eso tenía patas grandes y me decían Paturuzú. Cuando me empacaba todo se solucionaba con un buen paseo a upa, y si no funcionaba siempre se podía recurrir a la mema salvadora. La abuela Merce se asustaba porque decía que me daban muchas memas, demasiadas para un niño, que me podía dar algo.*
Algunas veces nada de esto funcionaba, pero por suerte para todos, el abuelo Carlos había conseguido un último artilugio para calmar al niño: las chá. Cuando nada parecía surtir efecto, cuando ya estaba cansado de saltar o andar a upa, cuando ya no quería más mema, la solución fueron los paseos en auto. 
El abuelo Carlos aparecía con un manojo de llaves y automáticamente la cara del niño Sebastián se transformaba, y agitando las manitos empezaba a gritar: ¡Chá, chá, chá, chá! 
Al principio el ritual seguía con un paseo en auto alrededor de la chacra, más adelante ya ni siquiera había que mover el auto, el niño se posaba frente al volante y se dejaba llevar por su imaginación. Al final ya ni siquiera había que subirse al auto, luego de la entrega de las chá el niño se iba y se sentaba recorriendo cada una de las llaves del manojo; esperando tal vez el momento oportuno para hacer su primer paseo en auto, solo.


* Hoy debo admitir que sin esa conducta impropia, de a ratos irresponsable si se quiere, quizás nunca hubiera conseguido ganar el Rey del Chopp.



El kart

Mis primeros años los pasé en Montevideo. Vivíamos en un apartamento en el barrio La Blanqueada, por Comandante Braga casi llegando a Montecaseros, a pocos metros de la cancha de Nacional. En la misma cuadra había una fábrica de pastas que si no me equivoco funciona hasta el día de hoy. Yo tendría apenas dos o tres años. 
Los dueños de la fábrica de pastas me habían tomado un cariño especial y un día tuvieron la fantástica idea de regalarme un kart. Era de color rojo y tenía un numéro 7 blanco en lo que vendría a ser el capó. Sobre el eje delantero iban montados los pedales que permitían al vehículo desplazarse a tracción de niño. 
Al poco tiempo nos mudamos a una casa cerca del Prado por calle Huidobro y el kart vino con nosotros. Hay por ahí en algún álbum familiar, una foto de Pancho, Nati y yo subidos cada uno en su vehículo en el fondo de la casa: Nati en su triciclo naranja, Pancho en el booggie verde y yo en mi kart rojo. 
Tiempo más tarde nos mudamos a Paysandú y el kart vino con nosotros también, pero yo ya era grande y no jugaba más con él. 

El día que papá se lo llevó para regalarlo lloré.



Un Ford Escort color violeta

Llegamos a Paysandú en marzo de 1990 pocos días después de que naciera Santiago. Yo ya tenía cuatro años y estaba pronto para empezar el jardín, me emocionaba la idea de estar en la misma clase que mi prima Lula. Como si fuera hoy puedo recordar el momento en que subo los cinco o seis escalones de la entrada de Mafalda (así se llamaba, se llama, el nefasto jardín de infantes al cual concurrí en mis últimos dos años de preescolar) y miro hacia la puerta de la derecha, veo a la maestra que se llama María del Carmen, veo a mis compañeros y veo a Lula; y lo que no entiendo es porqué no estoy en esa clase, porqué mi camino sigue hasta el último salón, pasando los baños a un costado del patio. Me pusieron con los de tres. Alguien luego me diría que ya no quedaban lugares en la clase se niños de cuatro años, una excusa torpe y sin sentido que difícilmente pueda ser aceptada por un niño de cuatro años en pleno uso de su razonamiento.  
La brecha entre niños de cuatro y tres años es tal que mezclarlos puede traer aparejado inusitadas consecuencias. En mi caso no fueron tan graves dado mi carácter parco y apacible, producto de la soprendente necesidad de procrear de mis padres y traer hermanos al mundo que lo van haciendo a uno cada vez menos trascendente en el desarrollo del acontecer familiar. 
No sé que evitó que me convirtiera en un bully. Pasaba mis recreos solo, sentado en la cubierta de tractor o adentro de los cilindros de cemento. 
Un día Javier Moliterno, el único compañero de clase que recuerdo, cayó al recreo con sus autitos de juguete. Yo había dejado de jugar con autitos, en parte porque mis intereses se habían expandido y en parte por lo acontecido los últimos tiempos en la casa de Huidobro, cuando se descubrió que los problemas en las cañerías se debían a mi práctica de utilizar el desagüe como lavadero de mis autitos.
Pero... En el momento en que Javier sacó de su mochila el Ford Escort violeta mis ojitos se iluminaron. Jamás fui bueno para robar, siempre me puse nervioso, siempre me descubrieron, no tengo el don. Ese día se dio una excepción y sin saber como volví a mi casa con el Ford en mis manos, y por un tiempo volví a jugar a los autitos.