Uno de esos días
Y ya sabés que la mano viene complicada. Porque te levantaste con el pie izquierdo o porque no salieron tus números en la quiniela nocturna, o porque alguna descarriada se levanta a las cuatro de la mañana y así al pasar te encaja una patada a la altura de los riñones sin tener la más mínima delicadeza de aunque sea obsequiarte una caricia a cambio del golpe recibido. Pero bueno, son cosas que pasan los martes 13.
Entonces pasan cosas, cosas que vos y yo ya sabemos y que no vamos a repetir por miedo (si, miedo) a que vuelvan a suceder. No es que seamos supersticiosos, no lo somos. Simplemente respetamos las leyes del mercado porque para revoluciones están los estados cercanos Rusia, todos futuros anexos del gran Imperio Putinesco. Románticos ellos.
Y el día transcurre, pasa y casi estuviste a punto de embarcarte y agradeces al cielo no haberle pedido casamiento por cuadragésima novena vez el día de hoy, porque a estos efectos es casi lo mismo. Por suerte (si es que existe tal cosa una martes 13) ella aparece y cambia todo. Te sorprende llamándote por teléfono y te obsequia dieciocho minutos salvadores de conversación que te llenan de energía y te hacen felíz.
El resto del día se fue con esa conversación porque en España ya es miércoles, y yo me rijo por esas horas, lo que pase en el hemisferio sur poco importa a esta altura.
Gracias mi amor por siempre estar. ¡Te amo!